PRÓLOGO DE LA RESISTENCIA
Por Fabricio Ojeda

 

La historia reciente de Venezuela es como la de un país con ruedas que hace 20 años entró en una pendiente llena de curvas y perdió los frenos -porque alguien se los cortó- y el armatoste con todo lo que lleva adentro siguió en caída libre y a gran velocidad su rumbo trágico hasta el fondo de un oscuro precipicio.  El desplome no ha parado.

Algunos han podido bajarse, incluso arrojándose por las ventanas, pero muchos continuamos en su interior esperando el fin de esta vorágine que tiene a todos trastornados.

Cómo será ese epílogo, no lo sabemos. Quizás con suerte el camión desbocado donde sobrevivimos con los pelos de punta se detenga todo abollado, pero sin estrellarse y hacerse añicos. O tal vez sigamos rodando aún más abajo, a lo desconocido. Ya nos percatamos de que el abismo puede ser ilimitado.

En estas dos décadas de vértigo colectivo vienen inevitablemente las nuevas generaciones: los que hoy tienen 20 años, que nacieron justo en el momento cuando comenzó el derrumbe; quienes eran unos críos, menores de 10 años, y no entendieron del todo lo que se estaba iniciando; y los niños y adolescentes que se han venido uniendo en el camino –cándidos- sin saber que arribaron al mundo en un camastrón petrolero lanzado al barranco por una pila de fanáticos ambiciosos, enceguecidos y soberbios.

De esos jóvenes que hoy no pasan de los 30 – y desconocen otra Venezuela distinta a la conducida por el régimen que la domina antidemocráticamente desde hace dos décadas – trata esta historia. De esos muchachos que súbitamente se vieron sumergidos en una tierra sin oportunidades, de carencias, donde la simple vida cotidiana está inmersa en una cadena interminable de obstáculos sin sentido.

Donde enfermarse de cualquier cosa puede ser una sentencia de muerte, por falta de medicinas.

Donde llevar comida a la mesa es un acto de heroísmo, de magia, una muestra de sumisión o una prueba de paciencia infinita.

Donde todos lo hemos vivido en carne propia, o tenemos un amigo cercano, un ser querido, un pariente o al menos un conocido que haya sido víctima de la inseguridad y la violencia.

Son generaciones que durante toda su vida han visto gobernar a la misma gente que ha llevado al país al despeñadero y hoy intenta consolidar una dictadura.

Jóvenes que se la jugaron de manera heroica buscando una salida a la tragedia, y con su sangre, sudor y lágrimas dejaron la piel sobre el asfalto, entregaron sus vidas apenas protegidas con cascos de plástico y escudos de cartón, en una lucha que con cientos de muertos y miles de heridos y presos terminó trágicamente, ahogada por la fuerza de las armas.

Un país donde la corriente migratoria se invirtió en menos de 20 años. Antes, la inmigración era el fenómeno. Miles de habitantes de regiones en problemas se establecieron en Venezuela. Europeos que huían de la conflagración o las penurias de la posguerra; peruanos, colombianos, ecuatorianos, bolivianos, centroamericanos, caribeños, escapando de las crisis y de la violencia; sureños (argentinos, chilenos y uruguayos) alejándose de las dictaduras militares, todos eran bienvenidos.

Hoy nos toca a nosotros, prácticamente sin darnos cuenta, encabezar la diáspora. Los inmigrantes de antaño emigran de nuevo. Ya nadie quiere ir a Venezuela, todos desean marcharse, en especial estas últimas generaciones que ven a su patria en la miseria, perdida entre la telaraña venenosa de ideologías fracasadas y violentas, atizadas por el odio y la codicia desmedida.

Ahora, ese enjambre que se esparce por el mundo tiene un nombre: venezolanos, pero no deja de ser heterogéneo en cuanto a sus orígenes. Los hay de distinta procedencia, edades, niveles educativos y económicos.

Primero se fueron los visionarios, los que más tenían, los eternos precavidos, los aventureros. Luego los profesionales experimentados, los recién graduados y los que dejaron los estudios para trabajar y en algún momento -si el destino se los permite- retomarlos afuera. Ahora se van todos. Los más pobres. Los hambrientos. Los que no tienen nada que perder.

En su mayoría no son de las grandes ciudades. El más mínimo poblado de Venezuela tiene un hijo en el extranjero. Zulianos, andinos, llaneros, guaros, deltanos, caraqueños, corianos, orientales, indígenas, estremecen las ondas sonoras con sus peculiares acentos y lo aromatizan todo con sus comidas, sus añoranzas, chistes y expresiones autóctonas.

Del este de Venezuela, Cumaná, para ser exactos -la primera ciudad fundada por los españoles en el continente americano- llena de historia, enclavada en un paraíso costero tropical, pero desde hace tiempo hundida en la miseria, la abulia, la indolencia, la ignorancia y el atraso, son Viviana, Gabriel, Verónica, “la china”, Daniel, Nelson, los jóvenes protagonistas de este apasionante relato, que al final se fueron, unos del país, otros aún más lejos.

Su autor, J.R. Barrera, discípulo egresado de la Escuela de Comunicación Social de la Universidad Santa María, núcleo Oriente, pertenece a esa generación de jóvenes inconformes que se vio obligada a atravesar la frontera en busca de un mejor futuro.

En esta, su primera obra, plasma con datos rigurosos esta desgarradora etapa de la historia venezolana desde la mirada de una adolescente cumanesa que conoce el amor, la muerte, la confusión y la desesperanza y se ve arrastrada al exilio sin haber llegado a la mayoría de edad.

Las protestas callejeras, las barricadas, la degradación por el hambre, la angustiosa búsqueda de medicamentos, la represión, la violencia, la corrupción, el hastío, conforman el crudo escenario del único país que ella conoce, muy distinto a todo lo que le cuentan los adultos sobre un pasado todavía no lejano.

También están Graziella, Antonio, Carolina, Joseph, Matías y todos los que seguimos dentro y nos estamos quedando sin amigos, sin parientes, hijos ni nietos; sin comida ni libertad, con la añoranza y el recuerdo de una nación acogedora que muchos de ellos -los más “chamos”- no llegaron a conocer en la incertidumbre de sus apresuradas vidas.

FABRICIO OJEDA

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