Pocos venezolanos conocen sobre el Lago de Guanoco, muchos menos saben que es el lago de asfalto natural más extenso del mundo y que está ubicado en el este del estado Sucre. Ni siquiera yo, nacida y criada en esta tierra olvidada, sabía de su existencia; no es algo que te enseñen en el colegio. Ni la profesora Luisa Durrego, famosa y odiada por intentar sembrar el sentido de pertenencia sucrense en sus alumnos, hace mención de ello en sus clases de química orgánica. La única vez que escuché hablar sobre él fue en el Patio de Petra, cuando Gabriel Ponte y el resto de los muchachos hacían inventario de las bondades que esconde el estado que “vio nacer al Gran Mariscal de Ayacucho”. Ese día, tras enumerar las paradisíacas playas y la rica agricultura, ofreció detalles sobre el “popular” estanque. <<Se los juro, de pana que sí, a finales del siglo XIX e inicios del XX, el Lago de Guanoco fue explotado por los gringos para pavimentar sus calles>>. Según Ponte, las principales avenidas de Nueva York, Washington y otras ciudades de Estados Unidos están asfaltadas con el producto sucrense. <<Es decir, que cuando pisas las calles estadounidenses, puedes decir con orgullo que estás parado sobre suelo venezolano>>, dijo con un sonrisa dibujada en su rostro ¿Con orgullo?  I don’t think so, my friend. <<El Lago de Guanoco podrá ser el papá de los helados si te da la gana, pero te aseguro que está, como todo en este país, destruido y abandonado>>, repliqué ese día. Si algo me saca de mis casillas es el falso orgullo nacional. Venezuela es un país hermoso por sus reservas naturales; sí, eso es cierto, pero estoy segura que si te estás muriendo con Malaria – o cualquiera de las muchas enfermedades prehistóricas que aún existen en este pedacito de tierra – la Península de Paria, los Médanos de Coro o el Salto Ángel no te van a salvar de la muerte. Tampoco tengo duda de que esos escenarios no te darán una buena educación ni te garantizarán calidad de vida. Un país no es la tierra donde vives, es la nación que construyes; o al menos esa es mi opinión. Debido a argumentos similares, Gabriel suele reclamar que tengo un punto de vista bastante radical y – con instrucción paternal – asegura que no es sano pensar así. El coño e’ su madre. Es cierto, a veces soy un poco hater y no estoy orgullosa de eso, pero pienso que el conformismo nos tiene hundidos en la miseria. No hay manera, sin importar cuan mal estemos, de que los venezolanos reclamemos lo que por simple derecho humano nos corresponde, como una atención hospitalaria digna o una educación de calidad. Siempre protestamos cuando estamos “con la mierda hasta el cuello” y nos conformamos con unos cuantos “pañitos calientes”, con el mínimo milagro que San Gobierno pueda hacer para su pueblo; con tener, como dice mi tía Carolina, “lo suficiente para aguantar hoy, mañana ya veremos”. Entonces me pregunto: ¿si ella tiene el derecho de decir eso, que es prácticamente un insulto a la dignidad venezolana, por qué yo no puedo decir lo que se me dé la gana? Después de todo, casi siempre tengo razón y el Lago de Guanoco no fue caso contrario. Durante nuestro viaje a la Península de Paria, a Ponte le pareció una buena idea desviarnos de nuestra ruta hacia Río Caribe para visitar dicho yacimiento. Según él, yo tenía que conocerlo. Pero después de la conversación que tuvimos aquel día en el Patio de Petra, no hacía falta. Había decido conocerlo por mí misma a través de Internet, sólo para enterarme de que – lamentablemente – tiene una reserva estimada de 70 millones de barriles pero está en el olvido. A veces me gustaría no tener la razón. <<Coño, Gabriel, ¿de pana me vas a llevar para esa vaina? ¡Tú si jodes, chamo!>>. <<Pero ¿qué pasó, mi negra? ¿Por qué estás tan amargada?, ¿te vino la regla?>>. <<¡Verga, mi pana! Que no me llames “negra” ¿Tú no entiendes que esa vaina me arrecha o es que te están molestando los dientes? Dime si te molestan para volártelos ahorita mismo de un pescozón>>, reclamé con el odio manifestado en mis ojos. <<Ya, pues>>, dijo calmado, con una voz tenue, en son de paz. <<Ya entendí que te bajó la regla>>, agregó, tras una larga pausa, antes de soltar una  antipática carcajada de las suyas. No sé si las horas en la carretera o el calor insoportable tenían algo que ver, pero su comentario despertó mis instintos asesinos y estoy segura de que si Daniel Espín no se hubiese situado entre nosotros para calmar los ánimos, hubiese matado de un golpe a Ponte. <<!Qué verga es! Dejen la marisquera ustedes dos, en especial tú, que estás manejando. Recuerda que este camino es peligroso>>. La seriedad de Espín nos tranquilizó de inmediato, en especial porque él no es una persona seria, al menos nunca lo ha sido delante de mí. Normalmente, cuando Gabriel y yo discutimos, él se coloca sus audífonos y tararea canciones que no conozco. Esta vez fue diferente. El greñudo, con voz de hombre, mantuvo una postura regia que me dio temor. Me enteraría más adelante que él había sufrido tiempo atrás un accidente automovilístico que le dejó un gran trauma. Ponte dejó de provocarme y mantuvimos silencio el resto del viaje. Al poco rato, Daniel se propuso cortar el tenso ambiente y aseguró que Devendra Banhart haría la ruta más divertida con Carmencita, así que impuso el soundtrack: <<Ay, tu primo colorado con barba camburada y lleno de ballena inclinándose al sol. Tu rayo de luz roja besando nuestra boca, el beso que te sopla huele a alcohol (01:00)>>. El auto se mecía de un lado a otro mientras recorría una trocha sinuosa y agreste, por donde sólo es posible que pasen personas, animales y vehículos rústicos. Alrededor, árboles de coco, plátano y cacao forman parte del paisaje que no logro disfrutar, debido al agitado recorrido. A uno de los costados del camino, un niño semidesnudo y cubierto de charco mira la Terios como si se tratara de un platillo volador. En medio de las nauseas, decido distraerme y enfoco mi atención en Daniel, quien sigue la letra de la canción desde el asiento trasero de la camioneta. <<Ay, tus tres ojos lunares extraterrestriales entran cuando sales, por eso no se ven. Ay tu barba colorada, traviesa y rebelde, me afeito con espada ¡pero devuelve, coño! la la la, la la la la…(01:20)>>. <<¿Dijiste “coño”?>>, le pregunté a Espín, mientras la canción seguía su curso instrumental. Él me miró como si estuviese loca. <<Sí, eso dice, ¿no?>>, respondió. Gabriel, quien había estado con cara de culo desde que paramos la discusión, intervino. <<No sé, marico, yo creo que dice: “oh”>>. <<Verga, no sé, yo escucho clarito el “coño>>. <<Bueno, yo escucho clarito el “oh”, ¿cómo hacemos pues?>>. <<Bueno, pidamos una tercera opinión: ¿Tú que escuchas, “vivi”?>>, preguntó Daniel. <<Ah no, a mí no me metan en su peo. Yo nunca había escuchado antes esa canción, ni siquiera al cantante>>. <<Ya va ¿cómo es que tú no has escuchado a Devendra Banhart antes? Dime que al menos sabes quién es>>, dijo  un Espín alarmado. La cagué. Lo había hecho nuevamente: mi ignorancia despertó los instintos pedagógicos de Daniel y sabía que en cualquier momento me daría una cátedra sobre el fulano cantante. De manera que me resigné y negué con la cabeza, con la risa mordida entre mis labios. <<Bueno y ¿qué escuchas tú pues?>>, preguntó. El greñudo no manifestó deseo por ilustrarme; esta vez tenía otro semblante, como si estuviese realmente interesado en saber sobre mí, sobre mis gustos. Sin embargo, aunque – para variar – quise compartir mis intereses con él, no fue posible. Cuando me dispuse a exponer mi playlist, Ponte intervino y – fusilándome con una prolongada mirada retadora – comentó: <<No sé, a veces creo que ella escucha a Paulina Rubio o vainas así>>. Estoy segura, por Dios y mi madre, que lo hizo para desatar mi ira y también estoy segura que le hubiese arrancado la cabeza si Daniel no se atraviesa en medio de nosotros para tomar el control del volante. De un movimiento brusco a la derecha el auto giró ciento ochenta grados en el fango y se detuvo a pocos metros de un burro que cargaba leña a sus costados y estaba parado en medio de la trocha. La bestia relinchó y se perdió entre los matorrales. Gabriel y yo quedamos “shockeados”. Espín, en cambio, se bajó de inmediato de la camioneta, arrecho y mentando madres. Tiró la puerta y se alejó del vehículo. Vi a través de la ventana cómo temblaba mientras encendía un cigarro y se sentaba en una piedra que estaba al pie de un árbol de almendrón. Decidí acompañarlo. <<Dame uno, anda>>. Me tiró la caja de mala gana. Cayó al suelo. Me agaché y la recogí. <<Coño, no la pagues conmigo, que yo no soy la que viene manejando>>, susurré asustada. Se puso de pie, se acercó lentamente, me miró a los ojos y encendió el mechero. Su mirada era una mezcla de rabia, tristeza y miedo. Tras dos aspiradas, encendí el Marlboro. Gabriel, luego de pasar el shock, bajó del auto con cara de perrito regañado. Se acercó donde estaba Daniel y le pidió disculpas con gesto infantil. <<¡Te dije que tuvieras cuidado, coño!>>, gritó Espín. Ponte permaneció callado mientras el greñudo se lo comía vivo con un sermón sobre tomarse en serio el manejar en caminos como éste. Fue entonces cuando escuché sobre el accidente que tuvo cuando era niño y cómo en éste perdió a sus abuelos. Normalmente la gente piensa que soy una caraja fuerte porque me niego a mostrar las emociones que me convierten realmente en un humano sensible. Pero lo cierto es que si me dan en el clavo, en donde más me duele, ni siquiera mi ensayada indiferencia puede contener el llanto; y si hay algo que me duele más que nada en el mundo es la simple idea de perder a mis abuelos. De hecho, en ocasiones, cuando la rutina infernal de Venezuela me obliga a ser una perra sin sentimientos para poder sobrevivir, me refugio en mi cuarto y empiezo a pensar en ellos. Me doy cuenta que ya están viejos, que los días se les están acabando y que mientras yo celebro que estoy creciendo, ellos se están consumiendo lentamente. Cuando pienso que mis abuelos posiblemente no podrán verme alzando un título universitario o no podrán conocer a sus bisnietos, se me viene abajo el mundo; reviento en llanto y recuerdo que aún estoy viva por dentro. Fue por eso que no pude contener las lágrimas cuando oí la historia de Daniel. Me acerqué al foco de la discusión, me interpuse entre ambos y abracé al greñudo como nunca lo había hecho con nadie antes. No dije nada. No dijo nada. Fue Ponte quien rompió los pocos segundos de silencio que nos permitimos. <<Si quieren nos devolvemos>>, susurró. Espín dijo que no hacía falta, que ya estábamos cerca y que a él le gustaría ver nuevamente ese lugar. <<Después de todo, no sé si lo volveré a ver>>, dijo. No entendí sus palabras, pero no quise preguntar, sólo quería terminar de llegar a Puí Puy. Los motivé a regresar al vehículo y hacer el viaje lo más corto posible. Esta vez, Daniel tomó el volante, Gabriel lo acompañó adelante y yo me senté en el asiento trasero, mientras terminaba mi cigarro. Guanoco es un caserío centenario de poco más de trescientos habitantes, que se quedó anclado en la miseria y añorando un tesoro perdido, como lo sospechaba. En su única calle de tierra y barro, numerosos vestigios de un opulento pasado se oxidan al sol o sirven como tanques de agua para los animales y sus pobladores, quienes – según me instruyó Ponte – son agricultores iletrados y cazadores en su mayoría. Nos detuvimos frente a un par de ancianos de precaria vestimenta y que tenían la piel marchita por el sol y  el tiempo. Apenas una delgada tela de carne sostiene el esqueleto de ambos. Ponte hizo unas cuantas preguntas amables para simpatizar. Me sorprendí cuando dijeron que tienen casi veinte años sin electricidad y que la delincuencia amenaza lo poco que tienen. <<Así es mijo>>, dijo uno de los señores. <<Los jóvenes ahorita no quieren dedicarse a la agricultura, sólo sueñan con tener una moto para ponerse a robar, así que tengan cuidado por ahí>>. La declaración me incomodó. De todos lo males que tiene actualmente Venezuela, para mí, el peor ha sido la inseguridad. En este país los criminales tienen sangre fría y disparan antes de preguntar. Fue por eso que le insistí a los muchachos en no permanecer mucho tiempo acá. <<Tranquila, mi flaca bella, eso será rápido, sólo quiero que veas con tus propios ojos una de las maravillas naturales que se esconde en tu estado natal>>. Yo no compartía la misma emoción de Gabriel por estas cosas, pero debo admitir que la curiosidad me tentaba a conocer “el lago de asfalto más grande del mundo”. Fue un profesor que Ponte conoció en la universidad, un tal Orlando Méndez, quien le contó sobre esto. A Gabriel le pareció fascinante y desde ese momento se obsesionó con el Lago de Guanoco, ya que – a su juicio – eso pudiera ayudar con los problemas económicos de un estado como Sucre, que no ha sido industrializado. Fue Méndez quien le aseguró que ese lugar – ubicado al extremo sur del municipio Benítez – se hizo famoso mundialmente a finales del siglo antepasado (XIX), cuando la empresa estadounidense New York & Bermúdez Company explotó los recursos que se encuentran en esos cuatro millones de metros cuadrados para pavimentar la 5ta Avenida en Nueva York, Pennsylvania Street en Washington y Woodward St. en Detroit, por mencionar unas pocas calles. No se sabe con exactitud quién descubrió el lago de asfalto ni de dónde proviene su nombre. <<Méndez, quien por cierto también es geólogo y un experto petrolero que ha dedicado gran parte de su carrera profesional a estudiar el yacimiento, me dijo que el mismo Alejandro de Humboldt lo mencionaba en sus crónicas como “el manantial del Buen Pastor”>>, comentó Ponte con el pecho en alto. <<De pana Gabriel, no entiendo por qué te importa tanto el bendito Lago de Guanoco, es sólo un lago de asfalto>>. Gabriel me miro desilusionado y me sorprendí cuando no contraatacó con un comentario pedante o un sermón ilustrativo. Fue Espín quien tomó la palabra. <<Mira, “vivi”, si es que ese es tu verdadero nombre>>. Hizo una pausa y esperó a que Ponte y yo reaccionáramos a su intento de chiste. Nada, ni siquiera los grillos hicieron eco. Tras un suspiro, continúo. <<Yo sé que tú eres una chama de pinga e inteligente que quisiera que su país tuviese un presente digno, o que al menos que se le viera un futuro, porque esta vaina va en picada y no sabemos donde va parar>>. Para ese entonces, estábamos cerca de arribar al yacimiento, o al menos eso me repetían cada vez que preguntaba. Daniel comía uno de los cambures que les compró a los viejos por casi nada, mientras maneaba con cuidado. Gabriel había encendido un cigarro, del cual me daba unas cuantas caladas para ahorrar un poco nuestro suministro de nicotina. <<Y sé que no te importa el glorioso pasado de tu país, pero para personas como yo y Ponte…>>. <<Ponte y yo>>, intervine. <<¿Qué?>>. <<Ponte y yo, se dice “Ponte y yo”>>, respondí. <<Verga, carajita, a veces tú das arrechera. Whatever. Para personas como nosotros, el pasado es lo único que tenemos y nos sirve de referente. Al conocerlo y admirarlo, nos damos cuenta de cuanto se ha destruido de Venezuela y cuan grande podemos volver a ser ¿Capicci?>>. <<Sí, señor>>. El greñudo estacionó el vehículo a una lado del camino. Ellos bajaron y primero, al mismo tiempo, y sin decir nada, yo los sigo. Nos adentramos entre los matorrales y caminamos con dificultad en el fango. En el andar, Gabriel me cuenta que al yacimiento sólo se puede llegar en helicóptero o a pié y que caminando son unos quince kilómetros. <<!Carajo, tú si eres arrecho!  me vas a poner a hacer ejercicio>>, reclamo en vano. Ninguno me responde, no dan cuidado a mis quejas. Finalmente, tras unos cuantos minutos, llegamos a un angosta trocha que – según Ponte – fue abierta en el siglo XIX por los norteamericanos con mano trinitaria y venezolana. En el camino, quedan restos rojizos de los vagones y rieles que hace más de cien años cruzaban la espesa selva para llevar la brea hasta el muelle de Guanoco. Los muchachos me sacan ventaja en la caminata, sin embargo, escucho los comentarios de Daniel. <<Era un buen negocio: embarcaban el producto en los buques y lo transportaban a Norteamérica sin pagar ni medio en aduana, llámalos “pendejos”>>. El recorrido se hace más corto de lo que esperaba. Sorprendentemente, a pesar del calor, no estuve cansada ni de mal humor. Más bien me vi fascinada por la vegetación salvaje, a la cual nunca antes estuve expuesta. En ese momento pensé que si mi familia se enterara de este viaje, me matarían lentamente, sólo para hacerme sufrir. Al final de la trocha dimos con un campamento indígena. Era la primera vez que veía aborígenes en su entorno natural, normalmente los veo en los semáforos pidiendo unos cuantos bolívares con unos potes de cartón para sobrevivir en la ciudad. Los nativos nos miraron y a la primera no lucieron amigables. El silencio se hacía cada vez más espeso, hasta que un grito cortó la tensión en el ambiente. <<¿Gabo?>>. Se trataba de Julio García, miembro de la etnia Warao. El lugareño que reaccionó conocía a Ponte de viajes anteriores, así que se acercó y se dieron un fuerte abrazo. A pesar de su nombre, el sujeto de baja estatura conserva los rasgos y las lejanas costumbres de sus antepasados. En su mano izquierda tenía un machete que nunca soltó y en sus pies unas botas de hule. Sin camisa, con pantalón corto y un bolso de cintura, le preguntó a Gabriel qué hacía aquí. <<Bueno, “julito”, ya conoces a Espín, pero esta señorita que está por acá se llama Viviana y nunca ha estado en el mundo real. Pensé que una excursión al lago sería buena idea para que agarre carácter>>. Julio me miró de arriba abajo y se cagó de la risa. <<¿Y a éste qué bicho le picó?>>, pregunté odiosa. <<Me vas a disculpar, mi niña, pero no te veo cruzando ese camino>>. Me piqué. Me arrecha demasiado que me subestimen, pero no sabía cuánta certeza tenían las palabras del Warao hasta que me tocó emprender la excursión. Creo que jamás me había exigido tanto en mi vida. Sin embargo, a pesar de que terminé hecha un asco gracias a las condiciones del camino, me sentí muy bien cuando pude probarme a mí misma que soy capaz de superar mis límites si me lo propongo. El sendero resultó ser espeso, angosto y accidentado. Al principio tuvimos que sortear un intrincado tramo con el lodo hasta las rodillas, mientras Julio derribaba a machetazos la enmarañada maleza, cuidándose de no alborotar las temidas avispas “lengua e’ vaca”. De vez en cuando, despojos de acero enmohecido recuerdan el distante paso de los furgones cargados de asfalto por esta zona inaccesible. Fue tras una hora de barro cuando el suelo se hizo más sólido y una familia de primates empezó a pegar alaridos, mientras saltaba entre las ramas. <<¿Qué animal es ese gato?>>, pregunté. <<Araguatos, mi flaca hermosa. También se le conocen como monos aulladores>>, contestó Ponte. El zumbido de los moscones y zancudos se mezcla con el canto de las aves. <<Shhh…>>. Julio nos manda a callar. El indio divisa con su ojo de garza una huella de felino, se acerca a ella mientras mira alrededor buscando al responsable. <<Está fresca>>, susurra. <<De ahora en adelante hay que tener cuidado. Me habían dicho que por aquí habían visto a un tigre de montaña, pero creí que era paja>>, agregó. <<Chalaverga>>, dijo Espín con cara de pánico. A pesar de la fatalidad que implican las palabras del aborigen, una parte de mí estaba emocionada y ansiosa por ver al felino de cerca; nunca antes había tenido la oportunidad de conocer a uno. Este tipo de reacción no debe ser normal. El susto y el respiro duraron poco, pues media hora después atravesábamos una tortuosa ciénaga con el agua hasta la cintura, que traza una ancha frontera entre la jungla y el amplio llano donde reposan a la deriva y silvestres miles de millones de litros de asfalto en su estado natural, expulsado desde hace siglos de las profundidades de la tierra. <<Ya estamos pisando la brea>>, indicó Julio, escarbando el piso cubierto por una masa oscura, sobre una planicie donde crece el pasto y unas florecillas rosadas desafían a la naturaleza irguiéndose rozagantes sobre la capa de petróleo. El lugar era increíble, como si hubiese servido de escenografía para una versión criolla de la película Mad Max. <<Entonces flaca, ¿qué te parece?>>, preguntó Gabriel cuando todos nos dimos un momento para admirar el paisaje. No respondí. Estaba enfocada en todo lo que me rodeaba, sorprendida por la armonía entre los restos del pasado y la naturaleza. Para cruzar la laguna de un extremo a otro se requiere una hora andando entre enormes burbujas (menes) formadas con los años, las cuales al estallar y solidificarse semejan pequeños volcanes. Los restos de la compañía norteamericana, que no fueron saqueados para fundirlos en las acerías, permanecen a la intemperie, pudriéndose bajo el sol y la lluvia. Grandes tanques aún con brea en sus entrañas y tuberías abandonadas que se desmoronan al tocarlas yacen regadas en un cementerio de chatarra. A lo lejos se divisan las dos perforaciones que todavía – ciento trece años después – siguen manando resina oleosa sin ayuda alguna. << Ya vengo. Voy a orinar sobre millones de dólares>>, bromeó Daniel antes de caminar a una parte más privada del lago. <<En la cuaresma, entre enero y abril, no se puede caminar sobre el lago porque el sol lo ablanda y quienes se atreven a pisarlo corren el riesgo de quedarse pegados; o ser engullidos como en un pozo de arena movediza>>, comentó Ponte, evocando lo aprendido en la universidad. Julio confirmó sus palabras y comenzaron un debate del cual no me interesó formar parte. Gabriel tenía razón: tenía que conocer el lugar. El sitio reflejaba una belleza peculiar, que al mismo tiempo inspiraba una especie de melancolía. No sé si tenía algo que ver el discurso que el greñudo me dio en la camioneta, pero sentía como si una parte de mí empezaba a comprender todo lo que hemos perdido desde que la Revolución Bolivariana comenzó su proceso destructivo, aunque el Lago de Guanoco hubiese sido abandonado muchos años antes de la llegada de Hugo Chávez al Poder.

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